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Mayo 17, 2005

El cuento de la princesa

La siguiente historia, aunque un cuento parece, no hace más que reflejar una realidad que, aunque, poco común, ha tenido lugar recientemente en esta mismísima ciudad. La ciudad de Barcelona.

Érase una vez, una bella “princesita” llamada Elena...

Elena llegó a España con sus papás desde un reino muy lejano cuando todavía era una niña, por motivos relacionados con los grandes negocios de su familia. Elena era además extraordinariamente bella, ya que, por parte de su padre y de su madre había heredado las mejores cualidades de ambos continentes y de esas dos culturas tan diferentes.
Cuando cumplió la mayoría de edad, Elena conoció en Barcelona, a un irresistible galán. Se dejó seducir por él, ya que, además de ser apuesto, poseía tantas riquezas cómo pudiera tener un rey.
En muy poco tiempo aquel atractivo Don Juan, cayó a los pies de su dama, pidiéndole antes su mano a su padre, tal cómo la ley ordenaba.
Enseguida, hicieron oficial su compromiso, por lo que Elena, muy contenta ya empezó a buscar un nuevo piso.
Por motivos de trabajo, su prometido, tuvo que marcharse unos días de Europa, dejando a su Elena en casita y sola.
Ilusionada y enamorada, ella decidió darle una sorpresa a su amante, cogiendo secretamente un avión, para plantarse de repente en su habitación.
Cuando por fin ante la puerta de la suite estuvo, una duda le hizo volver a comprobar el folio con los datos que su secretaria, muy eficazmente, le había proporcionado.
El número de ésta, naturalmente coincidía, por lo que sin mediar un instante, toco al timbre, imaginando que en breves momentos su amor, la puerta, sorprendido le abriría.
Para la sorpresa de Elena, el rostro que ante ella apareció, no fue el de su prometido, sino el de una poco agraciada señorita que en bata y despeinada, al pasillo se asomó.
Y mientras nuestra princesa se disculpaba por aquella confusión, una tercera persona se acercó desde el fondo de la habitación.
No era otro que nuestro Don Juan, pillado en plena acción, que sorprendido, miraba a su Elena con cara de estupefacción.
Ella, indignada. No le dejó ni hablar. Le cerró la puerta en los morros y se largó corriendo a llorar.
Mientras, en el avión de regreso, la situación analizaba, decidió cortar por lo sano a pesar de que, para la boda, un mes apenas faltaba. Los había pillado a ambos con el albornoz del hotel, y la evidencia no tenía perdón de Dios. Su amado había sido verdaderamente cruel.
Al día siguiente, su adúltero prometido, comenzó la particular cruzada de arrastrarse cómo un gusano. Demasiado enamorado estaba de ella para perderla por un polvo mal pegado.
Cuando por fin consiguió su atención trató de explicarle aquella situación. La señorita de aquel hotel, era, evidentemente una prostituta, pero no una nueva. Resultó ser su chica de siempre, la que él llamaba cada vez que aquel país visitaba.
Tras mucho insistir, logró convencer a Elena de que aquello, más que aventura, era una despedida, y que al “pobrecillo” se le había hecho difícil, ya que, además, a la puta, en nómina la tenía.
Haciendo de tripas corazón, la princesa aceptó que reanudaran los planes de boda, para así, a pesar de ser la cornuda, casarse de una vez por todas.

Llegados hasta aquí, lo suyo sería repetir la coletilla que tenemos vista hasta en la sopa, pero como las perdices ya no están de moda, suponemos que en lugar de ello, comerían en el Botafumeiro.
Una vez casados, Elena planearía su sutil venganza, justo después de hacerse con el control de la economía de su casa. (Y evitar otra “espontánea” en nómina, por ejemplo…)
La cosa no fue demasiado rebuscada pero sí lo fue la cara de él cuando se enteró de lo que su Elena, le acababa de hacer…

-Cariño… Me he metido a prostituta de lujo. No te hace gracia, ¿Verdad? ¡Pues te aguantas!

Colorín colorado, este extraño cuento se ha acabado.

Esto lo escribí el 05:48 PM | Comentarios (11)

Mayo 06, 2005

Toys, toys, toys!

Voy caminando por la calle. Aparento tranquilidad. Normalidad. No hay mucha gente en mi misma acera. Que suerte. La calle es de doble sentido, he de fijarme bien. No ha de verme ningún coche cuando llegue el momento. Que vergüenza. ¿Y si lo dejamos para otro día?. No, venga. Que ya estamos aquí, además, no hay ningún peligro. Tranquila. Es algo normal, sino, lugares así no existirían, ¿no? Ya casi estamos. Apenas quedan seis portales hasta nuestro objetivo. Por fin. Me giro de nuevo y no veo a nadie cercano en muchos metros en mi misma acera. Bien. Pero si que hay gente en la otra acera. ¡Que corte! ¿Me estarán mirando? Seguro que lo llevo escrito en la cara. Seguro que estoy roja como un tomate. Ya se acerca el objetivo. No hay tiempo para dudas. Coge aire y relájate. A la de una… a la de dos y…. ¡Ya estoy dentro!

Así de tensa fue la primera vez que hice algo así. La primera vez que me atreví a entrar en un sex shop.

Era un misterio atroz y un morbo inconmensurable lo que me llevó a que me decidiera a hacer aquello. Algo que hoy por hoy es cómo entrar en un estanco, pero claro con una edad con la que, si me hubieran pillado, me hubiesen echado de una patada, lo ves todo desde el punto de vista de estar viviendo una arriesgada aventura.

Lo primero con lo que me topé fueron las carátulas de los vídeos (si eran de alquiler o venta, no lo recuerdo) que permanecían expuestos en las estanterías. Mostraban tímidos extractos de las escenas en ellos contenidas, pero para mí resultaba verdaderamente escandalosos. Ver a esas mujeres tan guapas y tan explosivas me atraía muchísimo al mismo tiempo que me producía respeto y cierto miedo. Miedo a lo desconocido, pero quizá era mi propio destino que ya se estaba forjando y ello comenzaba a producir en mi curiosas sensaciones…

Mi intención, además de saber, de una vez por todas que diablos había tras las misteriosas puertas bajo aquel cartel de neón hortera, era la de agenciarme con algún juguetito. Algo con lo que poder iniciarme y con lo que poder comenzar a explorar mi propio cuerpo.
La vergüenza que pasé cuando el dependiente comenzó a explicarme y a mostrarme todo lo que tenían, fue directamente proporcional a la satisfacción que sentía cuando algún señor que salía o entraba de una cabina me descubría paseando por ahí a mis anchas, sin, aparentemente, ningún tipo de reparo. Me hacía gracia como bajaban la mirada y huían de mi vista, avergonzados por lo que pretendían o lo que acababan de hacer en aquel local. Fue muy divertida la sensación de trasgresión que aquello me proporcionó.

Es curioso, igualmente, cómo, las primeras veces que vi una película clasificada X, me ruborizaba instantáneamente, y si estaba con más gente, era incapaz de mirar a la pantalla. Era algo superior a mis fuerzas.
Con el tiempo, esa actitud, evidentemente ha cambiado. Quizá no por lo que he vivido, todo en la misma línea que cualquier filme de Conrad Son, sino porque durante aquella época en que, por alguna razón, todo el mundo tenía la tarjetita pirata para decodificar el canal Satélite Digital, cuando no había nada interesante en la tele, que era muy a menudo, nos poníamos el 120, 121 o 122 y nos tirábamos toda la tarde viendo porno, tanto hetero cómo gay, y quizá así desmitificasemos un poco la cosa.

Lo mismo ocurre con el tema de los sex-shops. A veces añoro esa inocencia con que miraba a los hombres y con la que concebía el sexo. Parecía que un misterioso horizonte se abría ante mí de forma colosal. Hoy por hoy, ya he recorrido mucho de aquello que un día supuso un territorio inexplorado, pero al mismo tiempo, cada vez estoy más preparada y con más ganas para seguir tirando millas. Puede que ahora ya no haya ningún juguetito que me sorprenda, aunque, tal y cómo avanza la tecnología últimamente… Creo que esta misma tarde, iré a echar un vistazo… no sea que en una semana, hayan inventado algún nuevo artilugio...

Esto lo escribí el 02:03 PM | Comentarios (10)

Mayo 03, 2005

Una naranja y su destino...

“Podrías ser la media naranja de cualquiera”
En principio, parece ser una frase bonita, ¿no? Parece que suena bien, pero después de profundizar en ello y sobretodo, después de vivir sus consecuencias en mi propia piel, ya no creo que aquello que un día me dijo aquel amante mío, con tan buena intención, sea verdaderamente un agradable cumplido.

Tener la capacidad para poder ser la media naranja de cualquiera, da por hecho ciertas cosas que si que pueden ser gratificantes para una mujer. Es como estar cada vez más cerca de la perfección para así, poder tener a nuestros pies a cuantos hombres queramos. (Suena bien, si una se olvida, por unos momentos de cualquier reminiscencia feminista o en referencia a la igualdad entre los sexos)

Pero, al mismo, tiempo, plantea una cuestión muy seria, y que, hoy por hoy, es más abundante de lo que creemos. Si alguien es tan “adaptable”, y es capaz de hacer feliz a numerosos tipos de hombres diferentes, ¿no llega un momento en el que se pierde la propia identidad? Me refiero a que, basándome en mi experiencia, después de haber podido hacer felices a tantos y tan diferentes hombres, metiéndome en tan variados papeles, y después de, al mismo tiempo, haber descubierto mi propio placer en situaciones tan variopintas, ¿Qué es lo que realmente queda de mi?

Y aunque hable en primera persona, me consta que hay muchas mujeres que también han optado por ese estilo de vida. Para algunos quizá sea machista que una mujer tenga que adaptarse al hombre, y no que se trate de una cosa equitativa por ambas partes, pero en el fondo, y tal cómo está el panorama, quizá sea la forma más objetiva de abordar la situación. Vivimos en el mundo que vivimos, por suerte o desgracia, y no en aquel que desearía una Pilar Rahola, por citar a alguien.

Volviendo al tema de la media naranja. A lo largo de la vida, ¿Hay una sola para cada uno de nosotros o podemos encontrarnos con muchas más? ¿Será algo en proporción con la situación espacial en que nos encontremos dentro del globo terráqueo? Porque, claro, si resulta que todo esto está en manos del destino, y al mismo tiempo, el destino no es nada más y nada menos que el azar, y, casualmente la media naranja de tu vida resulta que vive en Melbourne, pero tu eres de Oviedo. ¿Es el propio destino el que se encarga de que os encontréis o directamente, para facilitar las cosas, coloca a tu media naranja en el pueblo de al lado?.

Durante el Tercer Reich, más que un objetivo, resultó una necesidad hacer creer a aquella población que buscase su media naranja por ahí, que, cuanto más pareciditos fuesen, mejor. Por aquello de preservar la especie, claro… Pero, a la larga… ¿no hay peligro de que salgan los descendientes algo taraditos con un tipo de sangre tan monótono?. Adolf Hitler, era supersticioso en extremo, y además, bastante crédulo con todo eso de las ciencias ocultas. Por esa razón, supongo que algo tendría leído sobre el destino, el karma, etc, etc… ¿Entonces, no tuvo en cuenta que este mundo es muy grande, y no solo es un trocito de Europa lo que importa?

Pulula por ahí otra teoría, que defiende todo lo contrario: La raza humana más pura y más perfecta será aquella que suponga la mezcla absoluta de todas.
Esta quizá si que suene bonita, utópica y un poco “flower power”. Parece ser más fácil que la anterior, pero, a ver quien es el primero que, por hacer un bien a la humanidad, deja de fijarse tanto en sus semejantes, y se va a ligar cuanto más lejos mejor…
Eso, quizá, sea el destino quien lo decida, ¿no? Aunque la verdad que las veces que eso se le ha ocurrido, los resultados han sido espectaculares. Sólo dos ejemplos me vienen a la mente, pero servirá para ilustrar lo que quiero transmitir: Lucy Liu y Naomi Campbell. Viva la globalización… (sobretodo si es para eso).
En fin. Que puede ser que mis dotes amatorias me sirvan de por vida para satisfacer a hombres de los cinco continentes, y que por ello, probablemente, tenga más recursos que la suma de las edades de los embajadores que hay en las Naciones Unidas, pero, c’est la vie! ¡Y además es muy corta, y hay que disfrutarla!

Esto lo escribí el 09:44 PM | Comentarios (12)